marzo 1, 2016

El gusto es mio

El gusto es mio

La mirada es producto de la historia, reproducido por la educación
Pierre Bourdieu

“Este año implementamos, pensando en cómo poder ayudar a los alumnos a que pudieran ver más allá de propuestas “lindas” visualmente, un sistema de corrección donde se evaluaban entre ellos.
El motivo de esta experiencia no era que evaluaran la propuesta gráfica, sino la IDEA que cada pieza era portadora”.

una docente del Taller

2014

Estas reflexiones tienen su origen en el aula taller de Diseño en Comunicación Visual C, en la que a la mayoría de los docentes nos ha pasado reprimir un “me gusta” porque sabemos que ese tipo de apreciaciones sobre los proyectos de los alumnos, nos acercan al ámbito de la subjetividad, temible terreno al momento de justificar una evaluación.

Sin embargo, sabemos que el “me gusta” implica valoraciones que van más allá de preferencias personales y que (¿casi?) todo producto de diseño es un objeto estético, tal como veremos en este texto.

Estética, gusto, belleza, son conceptos problemáticamente emparentados, que rondan nuestro hacer cotidiano como diseñadores, en el taller y fuera de él. Por esto, el tema se propuso como eje convocante para las Terceras Jornadas de Reflexión Docente que realizamos en el ciclo lectivo 2011. Un encuentro que nos permitió profundizar sobre algunas preguntas que pueden echar luz sobre qué decimos cuando decimos “me gusta” (ver Anexo), sabiendo, como dice Michaud (2009) que “Decimos “Es bello”, o algo así, pero es ciertamente difícil ir más allá (…) Aportamos nuestras evaluaciones de modo muy complejo y muy diferenciado según los ámbitos que se estén considerando, según los objetos, las formas artísticas y según los públicos. (…) que hay normas precisas del juicio estético, pero que éstas requieren mil matices; son complicadas y variables en función de los ámbitos”.

Es nuestro interés observar de qué modos los docentes participamos en la construcción de una mirada valorativa sobre los objetos de diseño. De qué modo dialoga nuestra mirada con los preceptos heredados de la historia del diseño, los valores instalados en la enseñanza de la disciplina y claro, las configuraciones que los propios alumnos ponen en juego. Acordamos con Anna Calvera (2007) cuando señala que “El diseño se encuentra todavía carente de reflexión que se ocupe de comprender y explicar en qué consiste su actividad como práctica estética y cómo puede desempeñar un papel de liberación de lo humano sin entorpecer la vida de cada día”.

Somos los diseñadores, y en particular quienes enseñamos, los que venimos construyendo un universo de sentido acerca de nuestra disciplina, a partir de definiciones cristalizadas que frecuentemente desconocen los debates teóricos contemporáneos acerca de la cultura (llámense estudios culturales, sociolingüística, etc.). Así, las formulaciones sobre nuestro hacer se tornan limitadas y por esto reiterativas, cuando no autocomplacientes. Creemos que esta pobreza teórica es funcional a la concepción del diseño como práctica técnica (y por esto supuestamente neutral, desideologizada, como si la técnica no tuviera una posicionalidad social), y que contradicen lo evidente apenas nos situamos como humildes observadores de las prácticas culturales contemporáneas. Abordaremos algunas de estas afirmaciones.

Entre los diseñadores, nadie parece dudar de que un objeto de diseño es un objeto estético, sin embargo poco nos preguntamos acerca de categorías que aparecen usadas indistintamente. ¿Qué relaciones hay entre estética, belleza, gusto? ¿los diseñadores buscamos la belleza? ¿qué clase de belleza buscamos? Estas son solo algunas de las preguntas omnipresentes cuando se trata de pensar esta disciplina. Sin embargo, por más que se hable y se hable del tema, la reflexión parece girar sobre demasiados presupuestos. Así surge del análisis de textos que se pueden leer en los últimos años en un foro de diseñadores que podríamos definir como paradigmático en relación a qué se está debatiendo en la disciplina, al menos en el mundo hispánico, Foroalfa. A través de un recorrido por fragmentos de los más diversos autores y orígenes -publicados en el mencionado foro- intentaremos atravesar el espacio informe de una reflexión que se presenta más que agotada, agotadora, porque ronda los mismos tópicos, motivada por la autojustificación que los diseñadores pareciéramos necesitar para “seguir con lo nuestro”.

Para iniciar este recorrido, bien podríamos hacerlo con un tema “eterno e inútil” en términos de Joan Costa (2011): la distinción entre arte y diseño. Alguna razón habrá para que “eternamente” algo tan inútil, preocupe a los diseñadores. Leemos en La eterna e inútil discusión:

“Uno puede hacer muchas cosas distintas, pintar un cuadro, diseñar un cartel, cocinar y jugar al ajedrez. Lo esencial de tu pregunta no es la persona que hace la cosa, sino la cosa que hace esta persona: ¿arte o diseño? O más exactamente: lo que interesa es la naturaleza de esas cosas.

(…) Lo esencial es que el arte se hace preguntas y el diseño soluciona problemas (…) El diseño no tiene otra ideología que la eficacia.

El diseñador quiere seducirte para que compres un producto, para meter una marca en tu cabeza, para que votes a un candidato o para que no te extravíes por los laberintos de monstruosos aeropuertos como el de Madrid Barajas. Estas son funciones del diseño. Que bien poco tienen que ver con el arte. Porque el artista no se conforma al mundo sino que se le opone.”

¿Es inútil que reflexionemos sobre lo que hacemos, sobre sus posibilidades, su conformación, su posicionalidad en relación a otros discursos sociales? ¿Debemos quedarnos con las taxativas definiciones de Costa y seguir con nuestro trabajo? Tal vez, si el diseñador vive conforme al mundo, es cierto, no debamos preguntarnos nada. Pero creemos que no es así.

Cuando el autor dice “lo que interesa es la naturaleza de las cosas”, podríamos preguntarnos a qué se refiere con cosa y a qué con naturaleza. Arte, diseño no son “cosas” sino prácticas culturales. Prácticas que se constituyen socio históricamente y que mal podríamos pensarlas como cosas -menos como cosas que tienen una “naturaleza”, bajo un criterio esencialista que vendría definir lo que son de una vez y para siempre. Justamente la mutabilidad de estas prácticas a través de la historia es lo que las vuelve problemáticas a la hora de intentar delimitarlas.

Los diseñadores tenemos la costumbre de apropiarnos de categorías de la filosofía (cosa, naturaleza, esencia) desde un pragmatismo que las desvincula de su problematicidad. Tal vez por esta impronta de eficientismo de la profesión misma, leemos tantas definiciones que pretenden ordenar “las cosas”, petrificándolas.

Volvamos a lo subrayado: ¿El diseño no se hace preguntas? ¿Cómo podría no hacerse preguntas una disciplina que se propone “prefigurar” objetos y con esto establece una relación con el mundo “a futuro”? ¿El diseño no tiene otra ideología que la eficacia? (y la eficacia ¿no es una ideología?) ¿el diseñador nunca se opone -o al menos tiene la posibilidad de oponerse- al mundo?

Si bien es innegable, como señala este referente del mundo académico, que el diseño es hijo de la economía del mercado, desde su nacimiento hasta hoy, su conformación como práctica excede esta simplificación. Nos preguntamos: ¿los diseñadores de la Bauhaus se conformaban con el mundo? Efectivamente, todo lo contrario. Los diseñadores participamos en la transformación del mundo ¿Y qué decir de los innumerables colectivos como el viejo Ne pas plier que desde los ’80 hoy se han multiplicado en nuevas formas críticas respecto del mercado y la globalización? Que exista una importante proporción de diseñadores que trabajan para grandes corporaciones no puede conducirnos a semejante afirmación. Es que gustamos de las afirmaciones más que de las preguntas.

Si bien es cierto que los objetos estéticos industrializados se nos presentan despojados del carácter revulsivo -hoy también puesto en cuestión- del objeto estético artístico, no deberíamos dejar de observar otras posibilidades discursivas del diseño: por un lado aquellas manifestaciones que transcurren por circuitos alternativos, que cada día son más prolíficas y presentes en la vida cotidiana: el modo en que el diseño ha establecido un diálogo con la música, las prácticas culturales de la calle, las artes plásticas, la política. Diálogo que se visibiliza en la web pero también en el espacio urbano, en los centros culturales que emergen crecientemente, en ediciones de música, revistas y libros, en espacios integradores de arte/música/diseño Y paradójicamente, en museos. Porque la mercantilización de esta tradicional institución legitimadora del arte, posibilitó la entrada y alojamiento de los “complacientes y menores” objetos de diseño, a ese espacio otrora sagrado.  Podríamos arriesgar que el diseño es una de las formas que asume el arte contemporáneo.

Alain Badiou (2013) ilumina el lugar desde donde podemos pensar el diseño en el contexto de las prácticas culturales hoy. Dice el filósofo francés, que el arte contemporáneo es aquel que crítica al arte moderno en tres de sus fundamentos: la unicidad de la obra, la figura del artista y la eternidad de la obra, oponiendo a estas nociones, las siguientes:

La repetición, ya que a partir de la reproductibilidad técnica se cuestiona la idea obra única (Benjamin) y con ésta, la idea de artista como garante de la misma.

El anonimato, dado que el objeto artístico puede ser producido anónimamente. No se trata ya del dominio de una técnica sino de una elección de medios, con lo cual desaparecen también las fronteras precisas entre los géneros artísticos.

La finitud, el arte renuncia a la permanencia, a la eternidad. La obra comparte la muerte en lugar de estar más allá de la muerte.

Así, el arte contemporáneo es un arte viviente, es como la vida: se repite, es una fuerza anónima y es frágil, está habitado por la muerte. Ya no es un arte para la contemplación, no es una lección sino una acción.

Badiou en su crítica política al arte contemporáneo, plantea que esta forma de circulación-desaparición tiene la lógica del mercado, la obra es una moneda, o una mercancía, sustentada en la ideología de la finitud, de lo que se consume y desaparece. La ideología de la mercancía esconde el secreto del mercado del arte contemporáneo, que funciona bajo las mismas leyes de oferta y demanda.

Las reflexiones de Badiou nos sirven para pensar por qué el diseño ha habitado con tanta comodidad el ámbito del arte y sus instituciones. No ha sido solo porque los géneros artísticos han borrado sus fronteras. Serie, anonimato, caducidad ¿qué marcas más definitorias para hablar del diseño? Son las marcas de identidad del diseño antes que de cualquier otra práctica artística, porque nació de la mercancía misma.

Esteticismo y belleza

“Para el diseño, la estetización de la vida podría ser la realización de su antiguo ideal civilizador, ya que uno de los ideales del diseño moderno era mejorar estéticamente el mundo cotidiano. Pero la paradoja es “que el mundo se haya estetizado no ha supuesto que sea más hermoso”, al contrario”. (Calvera, 2003)

Si el diseño es una de las prácticas a través de las cuales se manifiesta la llamada “estetización de la vida cotidiana” que se ha producido en los últimos veinte años, teniendo un protagonismo ineludible en el ¿embellecimiento? de los objetos, es necesario preguntarse ¿de qué modo el diseño embellece los objetos? Y ¿para qué? ¿en qué medida esa belleza se emparenta con aquella premisa moderna que imponía la funcionalidad como principio constructivo de cualquier diseño? ¿qué clase de belleza proponen los objetos de diseño? ¿para qué? ¿en qué se parece o se diferencia esta clase de belleza, de la de los objetos artísticos contemporáneos?

Las reflexiones de Ives Zimmermann (2011) en su artículo El diseño como concepto universal  en relación al esteticismo y el boom del diseño en los ´80, resultan polémicas porque nos instalan en la pregunta acerca de la distinción entre estética y belleza. Del texto surgiría cierta asociación de la idea de gusto con placer en el sentido de goce sensorial. “Bellas apariencias” nos sitúa una vez más vinculando el concepto de estética a belleza.

“Al grafista o diseñador industrial sólo se le decía que la empresa iba a crear un determinado producto y que había que configurar su forma o su presentación gráfica. Lo único que se le pedía era: «que sea bonita,» sin más. Luego, el cliente evaluaba las soluciones que se le presentaban desde el simple principio de “me gusta/no me gusta”.

(…) durante este boom el término «diseño» fue adquiriendo también una connotación negativa, peyorativa incluso. Muchos diseñadores, tanto gráficos como industriales, seguían con la noción de que diseñar era hacer arte y convirtieron los objetos y grafismos en espectáculos visuales; los objetos tradicionales, de toda la vida, cambiaron de forma, de aspecto, un cambio que para muchas personas los hacía modernos y atractivos. Pero con esta espectacularización de su forma, la función de uso de estos objetos pasó a segundo plano, o incluso desapareció (…) Se generalizó la idea de que el diseño sólo creaba bellas apariencias tras la cuales no había nada sustancial.”

Zimmermann bien describe cómo operó la posmodernidad en la conformación de los objetos de diseño. Pero a partir de estas apreciaciones, se vislumbran al menos dos cuestiones:

En primer lugar, un prejuicio: es sorprendente en el ámbito académico (en Argentina desde la década del sesenta en que se crearon las carreras de diseño), la firmeza con que atraviesa décadas el precepto de la funcionalidad. Decir “me gusta” o “no me gusta”, en general está muy mal visto en los talleres de diseño. La función estética fue y es menospreciada, cuando resulta evidente que es ella es el “valor agregado” que mejora la competitividad de los productos en el mundo contemporáneo.

Entonces ¿por qué nos encontramos eludiendo o sesgando un aspecto constitutivo del diseño: que -más allá de reconocerlo o no- queremos crear objetos con cierto valor y función estética? Posiblemente subyace, sobre todo en los docentes de diseño, el entender que lo estético es ¿siempre? un cosmético, algo superficial. Y si hablamos de belleza: que la belleza de una forma no puede ser resultado de la belleza de su estructura, de su conformación, pero también y sobre todo, de su posición en el diálogo con otros discursos sociales, con la cultura, con la sociedad.

Si bien es cierto que existe una apropiación por parte del mercado de lo estético entendido como “ropaje”  -en términos de Aicher- que aporta vistosas apariencias (¿forma?) a objetos que carecen de todo valor estético, cabría preguntarse entonces qué será, donde está el valor de los objetos “de diseño”: ¿En su función de uso, como acordarían muchos diseñadores? ¿en su carácter innovador? ¿en su carácter revulsivo, como propondría un artista? ¿en su inutilidad, en su gratuidad, como casi nadie se atrevería a afirmar?

De lo adecuado y lo bello es un texto en el que Zimmermann (2010) indaga inteligentemente la relación entre función y belleza:

“La frase de Hipias enuncia una verdad básica sobre estos objetos. Significa que lo adecuado a una cosa es aquello que es configurado conforme al uso que se hace de ella. The use is the truth, Wittgenstein dixit. Las cosas, los objetos, están, antes que nada, para servir a un fin concreto y para ser usados por unos usuarios que persiguen este fin. En su uso -sea cual sea la parte del cuerpo humano involucrada- se averigua la verdad, lo adecuado, la utilidad de la cosa”… Ahora, partiendo de la equivalencia «adecuado al uso = belleza», implícita en la contestación de Hipias, esa belleza de la que están hablando es una belleza que nada tiene que ver con el aspecto visual de la cuchara, pues no se menciona para nada su forma. Según se desprende de las palabras de Sócrates, la cuchara es adecuada y, por lo tanto, bella según Hipias, porque transmite su sabor a las legumbres, además de que no rompería la olla. Habla de una belleza inmaterial, intelectual, de una «belleza» de la inteligencia….Este tipo de «belleza» intelectual, o de la inteligencia, es un tema inusual en el ámbito del diseño donde -como para la mayoría de la gente, la belleza se da por la visión o por la audición- se considera en primer lugar la belleza visual, la estética de la cuchara, pues tiene, antes que nada, una presencia física, una realidad material y, por tanto, visual …La forma de la cuchara constituye su «seña», su signo esencial, el que le da identidad y permite que sea reconocida, en lo que es, por la mirada del observador. Con la percepción de la «seña» no sólo se denomina y da sentido a la cosa percibida, esta seña es, al mismo tiempo, la expresión visible de aquello a lo que sirve, a lo que es adecuada o útil”.

Y sintetiza:

“Un objeto sería bello si, por un lado, se manifestara en él algún tipo de «belleza» de la inteligencia y, por otro, si el uso al que ha de servir fuera perfecta y claramente expresado en su seña, y que los materiales con los que estuviera hecho fueran adecuados para su uso y, además, reforzaran o subrayaran el enunciado esencial de la seña del objeto”.

“Insisto que la base de un diseño no puede ser el gusto,es principalmente su función y de allí viene lo estético,por eso de la función parte la estética, nunca al revés”. Pier Alessi

En principio pareciera que no necesariamente la belleza en diseño está emparentada a la función de uso. La vida cotidiana nos ha llenado de objetos que son consumidos por bellos más que por promesa de eficacia en sus funciones.

Belleza que funciona para vender ¿es belleza, o qué es?

La belleza en diseño, lejos de ser una belleza para nada, una belleza gratuita o desinteresada, es una belleza para algo. El diseño como herramienta del mercado, “hace el gusto” en doble sentido, dialécticamente: al tiempo que conforma un gusto, un modo de ver uniforme, replica el gusto instalado, en el circuito sinfín de la producción y circulación de bienes.

Entendiendo que la belleza no es una cualidad de los objetos sino un efecto de la relación que el sujeto establece con el objeto desde un contexto social de valoración o interpretación particular, podríamos decir que mientras en el arte la belleza pareciera producir una interrupción de la lógica de la utilidad, y como acceso no racional a lo real tendría la potencialidad de cuestionar valores dominantes; en el diseño por el contrario, es funcional al consumo, perdiéndose como espacio de libertad, ya que los cánones de lo bello nos son impuestos.

Si bien podría pensarse que la estetización de los objetos de la vida cotidiana cumplió en algún sentido el  sueño de las vanguardias, paradójicamente no solo alejó al diseño de sus preceptos funcionalistas sino que alejó al arte de sus principios revulsivos respecto de la conformidad con los modos de ver establecidos. Así, el objeto de diseño que transita los circuitos hegemónicos, tiene una clase de belleza que no es trasgresora ni inútil porque está asociada a la posibilidad de vender los productos en el mercado. Es una belleza que hace el gusto, que instala, refleja y replica el canon.

“La estética se convirtió en una estrategia económica, y el diseño se ocupa de la configuración estética de las mercancías (materiales o digitales), ya que es el principal argumento de venta del marketing” (Calvera, 2003)

En nuestro espacio académico, al intervenir en la modelización de formas de diseñar, participamos en la construcción de modos de ver. Inevitablemente. “Lo estético es un medio para clasificar estilos de vida, o sea pautas consumistas, y por lo tanto, definen repertorios para ubicar un nicho de mercados de los artículos y servicios nuevos”. (Calvera, 2007). Esa modelización pareciera tener una función muy precisa: vender productos. Y la opinión de muchos diseñadores, que vinculan de diversas formas -más o menos implícitas- belleza/función venta, así lo testimonia. Y la mayoría pareciera no tener mayor problema con esto. Volvemos al comienzo de este texto para poner en evidencia la paradoja: mientras en los talleres de diseño las valoraciones relacionadas con la función estética de los productos son frecuentemente menospreciadas, un buen número de diseñadores hace referencia a la importancia del valor estético en relación a la función venta, tal como podemos leer:

“El aspecto externo de un producto a veces es el responsable de que el producto acreciente o rompa la reacción del mercado. Lo que tienen en común es la habilidad para crear un vínculo emocional con su público, casi cierta necesidad…” Julie Khaslavsky y Nathan Shedroff

“El diseñador es, siguiendo la puntual definición de Enric Satué, el estilista de la sociedad de consumo”. Miguel Angel Barajas

“Los diseños son frutos de una nueva división técnica del trabajo que comenzó a gremiar cuando la cultura estética de occidente necesitó profesionales capaces de introducir recursos estéticos en los productos industriales. Los diseños conjuntan al trabajo estético con el industrial masivo”. Juan Acha

«de la vista, nace el AMOR». La estética es pues, el discurso y al mismo tiempo el argumento perfecto de la CULTURA GLOBAL. Es el ingrediente «secreto» para darle ROSTRO a los procesos de diseño; los que la conocen adquieren un PODER (la persuasión), los que no… morirán en el intento”. Katia Esqueda

“Como diseñadoras y diseñadores tenemos que expresarnos e interactuar con los clientes, para que el objeto que tengan les guste, porque es lo primordial y antes quieran adquirir mas y ese gusto que tengan perdure, siempre y cuando este cumpla con su función”. Anamaría Gil

“Diseñamos con lo que sabemos pero diseñamos con los gustos de los demás, muy pocas veces con los gustos de uno. Nos dejamos llevar por gustos externos a los de nosotros, nos dejamos llevar por eso y no por los nuestros, sin querer buscar una identidad en nosotros, un diseño que nos apropie”. Christian Pavón Aranguren

(…)  la belleza no necesita explicaciones. Al menos, no para quien la experimenta. Es una herramienta poderosísima para el diseñador, que curiosamente, en éste y otros foros, resulta vapuleada y menospreciada, siempre denostada en favor de la sacrosanta Función. Y la Belleza también incluye el Misterio. No todo es explícito. La misma ambigüedad sobre lo que es estético es parte de su encanto. Lograr la belleza sigue siendo uno de los más altos retos del diseñador”. (…) “La Belleza es un solvente universal que hace que la comunicación fluya, los objetos se usen, las memorias permanezcan. La belleza es necesaria. La belleza funciona”. Gabriel Martínez Meave

El valor y la función estética deberían ser repensados desde su problematicidad en el ámbito de los talleres de diseño. Aunque sea un terreno dificultoso, transitarlo será un paso importante para abandonar de dogmatismos que alejan a los proyectos de los contextos reales. Nos permitirá evaluarlos más cerca de su real complejidad. Por otra parte posibilitaría cuestionar el para qué de la función estética en el diseño, y empezar a abandonar definiciones monolíticas que imposibilitan pensarlo por fuera del servilismo al mercado.

Hay otros diseños. Otras posibilidades discursivas en esta disciplina, que desmontan los estereotipos de belleza impuestos, que se alejan de replicar acríticamente como en los ejemplos anteriores, el discurso dominante. Creemos que deberíamos hacerlo desde la formación de grado de los diseñadores. Para esto es necesario tomar distancia de nuestra práctica como un hacer sólo técnico y pensarla como una práctica social y cultural.

Aunque no reditúen, aunque sean marginales, hay diseños que proponen belleza que no hace el gusto. Podemos elegir ese camino. A través de los talleres de diseño en la universidad nacional, deberíamos proponer a los alumnos transitar esas nuevas/otras formas de ver y de contar que, como dice Badiou, nos recuerden todo aquello de lo que somos capaces.

Sara Guitelman | Mercedes Filpe

NOTAS

Badiou, Alain (2013) Las condiciones del arte contemporáneo. Conferencia, UNSAM, Universidad de San Martín, Buenos Aires 11 de mayo de 2013. Trad. http://www.brumaria.net/284-alain-badiou/

Bourdieu, Pierre (1988) La distinción. Criterios y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus.

Bourdieu, Pierre (2010) El sentido social del gusto. Elementos para una Sociología de la Cultura, Buenos Aires, Siglo XXI

Calvera, Anna. comp. (2003) En: AAVV. Arte¿? diseño. Nuevos capítulos en una polémica que viene de lejos. Anna Calvera (ed) Barcelona, GG.

Calvera, Anna. comp. (2007) En: AAVV. De lo bello de las cosas materiales. Materiales para una estética del Diseño. Anna Calvera (ed) Barcelona, GG.

Eco, Umberto (2010) Historia de la belleza. Barcelona, Ed. De bolsillo

Michaud, Ives (2009) “Introducción” en: Filosofía del arte y estética. Disturbis. Universidad Autónoma de Barcelona

Pelta, Raquel (2004) Diseñar hoy. Temas contemporáneos de diseño gráfico. Barcelona, Paidós.

Zátonyi, Marta (2003) Arquitectura y diseño: análisis y teoría. CP67, Buenos Aires, Nobuko.

Zátonyi, Marta (2006) Aportes a la estética desde el arte y la ciencia del siglo XX, Buenos Aires, La marca.

Zimmerman, Yves (2010) “De lo adecuado y lo bello”. http://zimmermann-a.com/es/blog-es/articulos/de-lo-adecuado-y-bello/

Zimmerman, Yves (2011) “El diseño como concepto universal”. http://foroalfa.org/articulos/el-diseno-como-concepto-universal/

ANEXO

Algunos puntos de partida y reflexiones de las Jornadas docente El gusto ¿es mío?, 2010. Organizadas por el Taller de Diseño en Comunicación Visual C, Facultad de Bellas Artes, Universidad Nacional de La Plata.

Las preguntas que iniciaron el debate

¿Qué relación hay entre diseño, estética y belleza?

¿Qué es el gusto?

¿Hacer buen diseño es «hacer el gusto»?

¿Siempre la belleza en diseño es efecto de la buena resolución de lo funcional?

¿Por qué el juicio estético está tan devaluado entre los docentes del taller?

¿Por qué el esfuerzo por evitar el «me gusta» o «no me gusta»?

¿Qué decimos cuando decimos «me gusta»?

¿Es necesario establecer paradigmas compartidos entre los docentes en relación a la valoración estética?

Consignas de trabajo en la jornada

Se pidió con anticipación a cada docente de la cátedra que trajera a la jornada de trabajo, un objeto personal que represente para sí mismo, qué es el diseño. También se le pidió a cada docente, que leyera el artículo “De lo adecuado y lo bello”  de Ives Zimmerman.

El día del encuentro, cada docente, en voz alta respondió las siguientes consignas:

Describir el objeto

¿Por qué lo elegiste?

¿Te gusta? ¿por qué?

¿Dirías que es bello? ¿por qué?

Presentación de un objeto que represente para cada uno, el diseño:

De los relatos con que cada docente realizó su presentación de cada uno de los objetos, concluimos que relacionaron la calidad (¿el valor?) del diseño con:

Lo práctico, lo funcional, la resolución de un problema. El valor de lo “pensado” (intelectual) para cumplir una función. (El “diseño para diseñadores”)

La pertinencia respecto del público al que está dirigido.

Aquello que nos implica emotivamente, ligado al valor afectivo (al recuerdo).

En cuanto a lo estético: lo sencillo y simple (además de “refinado”, “de buen gusto”).

La identidad (por ejemplo en usos que no tienen que ver con la función específica del objeto sino con lo que lo vuelve “personal”).

En relación al tiempo: por la vigencia, la adecuación o no a la moda, la antigüedad.

Cuando produce placer saber cómo fue construido, los materiales empleados en su realización.

La “condensación” de varios “usos” en un mismo objeto (para su uso efectivo, para “adornar”, por ejemplo: “para comer y para jugar”.

Lo no convencional, la ruptura, lo innovador, la originalidad.

La calidad de los materiales

Preguntas para seguir debatiendo

Si la calidad en diseño se vincula con muchos de los factores mencionados anteriormente:

Eje “saberes previos/saberes necesarios”

¿Qué saberes previos deberían tener los alumnos del Taller?

¿Cómo inciden en el diseño los saberes culturales?

¿De dónde surgen los saberes necesarios para trabajar en el Taller? ¿Debe el Taller guiar u orientar exploraciones estético-culturales de sus alumnos?

¿Cómo acompaño a que los alumnos identifiquen en qué oportunidades lo estético (bello/agradable) se vuelve funcional? ¿Esto sucede siempre? ¿Sirve lo estético más allá de ser funcional? ¿Por qué?

Eje “diseño/estética”

¿Todo buen diseño es bello?

¿De qué manera participa la belleza de la calidad de un objeto de diseño?

¿Qué es el diseño de autor? ¿Es el diseño de autor canónico desde la perspectiva estética? ¿Queremos formar a los alumnos en este paradigma? ¿Por qué sí o por qué no?

Eje “criterios de evaluación para las producciones del Taller”

¿La calidad de diseño es enseñable? ¿Y la belleza/fealdad del diseño? ¿Cómo estos criterios intervienen a la hora de corregir?

¿Los alumnos conocen los criterios con los que se evalúa un proyecto?

¿Se espera que el alumno se oriente hacia la autonomía? ¿Se trabaja consecuentemente en ese sentido? ¿Cómo interviene la mirada “estética” del docente en relación a las producciones de los alumnos?

¿Existen instancias de autoevaluación en el Taller? ¿Cuáles son y cómo funcionan? ¿Los alumnos se autoevalúan utilizando el criterio de calidad estética? ¿Cómo?

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